Cuando callan los demonios
CUANDO CALLAN LOS DEMONIOS
La vida de Justino Muñoz Cano, leída por décadas. Desde Fuentes hasta hoy.
Justino nació el dos de agosto de mil novecientos cincuenta en Fuentes, un pueblo de Cuenca de poco más de mil habitantes. Creció con una hermana en una familia humilde de campo. Sus primeros recuerdos están hechos de la luz castellana —dura, alta, sin sombras— y de las noches largas.
Desde muy niño, cuando cerraba los ojos, las pesadillas venían a buscarle. Aprendió pronto que era mejor dibujar que dormir.
Con seis o siete años emigró con la familia a Barcelona. El cambio fue brusco: del silencio del pueblo al ruido de la ciudad, del horizonte abierto a las calles estrechas del barrio. Pero Barcelona le regaló tres cosas: Gaudí, Dalí y el modernismo.
Justino se quedó horas mirando la Sagrada Familia, la Pedrera, el Parc Güell —y, más tarde, las figuras y los paisajes imposibles de Dalí. Volvía a casa y dibujaba lo que había visto, y lo que aparecía después, cuando cerraba los ojos.
Estudió arquitectura técnica en Barcelona. Fue una elección práctica —había que ganarse la vida— pero también honesta: la arquitectura le dio el oficio, el sentido de las proporciones, la disciplina del plano. Empezó a trabajar en promotoras importantes de vivienda de la ciudad.
En paralelo, pintaba. Y en algún momento de la primera mitad de los setenta expuso tres veces. Fueron muestras pequeñas, discretas, casi privadas. Después decidió que las pesadillas no eran mercancía. Se retiró del circuito. No dejó de crear: dejó de mostrar.
En los años ochenta se muda de Barcelona a Fuentes, en Cuenca, y allí planta pie. Cambian el trabajo, el paisaje y las horas del día —no cambian los demonios.
Sigue trabajando como arquitecto técnico y promotor de vivienda desde la nueva base castellana. Y en paralelo, empieza a construir la finca: la casita del árbol, la cabaña, los primeros jardines.
Estas son las dos décadas más intensas y más calladas de su vida. Sigue pintando con bolígrafo BIC, sigue catalogando lo que produce con sus propias listas a mano. Cientos de obras, apiladas en habitaciones, guardadas sin mostrar. Naturaleza, figura humana, surrealismo. Algunos retratos —aunque él dice que no dibuja retratos, sino demonios.
Trabaja de noche y al amanecer, en el tiempo que le dejan las pesadillas. La familia aprende a vivir a su ritmo: reuniones tardías, cenas cuando el pueblo ya duerme.
La finca pasa a ser su obra mayor. En estos veinte años construye la casita del árbol y la cabaña, con materiales recuperados de la propia zona. Coloca un domo geodésico —lo único comprado del conjunto— que servirá como taller, exposición y refugio.
Trabaja los jardines año tras año. Seis mil metros cuadrados que crecen despacio, a mano, sin plano. Cada pieza aparece cuando aparece.
A los setenta y cinco años, el equipo —la familia trabajando junta, un concepto que el propio Justino instaló hace mucho— le propone sacar la obra del silencio. Lo lideran Sergio, su hijo, y Blandine, pareja de Sergio; participan los tres hijos de Justino. Justino acepta.
Empieza la catalogación: cientos de pinturas que hasta entonces vivían apiladas en habitaciones, en armarios, debajo de las camas. Se digitaliza, se fotografía, se ordena. Nacen las redes sociales, la web y un objetivo doble: cuidar la obra y darla a conocer.
Se decide llamar al proyecto «Cuando callan los demonios», porque eso es lo que Justino lleva cincuenta años haciendo: crear para que los suyos, y los nuestros, puedan callarse un rato.
Tino · firma del artista